Plataforma Brihuega 30/03/2026

 

Brihuega conoció verdaderas riadas del Tajuña en el siglo XIX, como la gran inundación de 1877 que arrasó casas y molinos. Sobre esa herida histórica la imaginación popular levantó leyendas como la del niño que llora en las noches de tormenta, ejemplo perfecto de cómo el pueblo escribe su propia literatura a partir del miedo y la memoria.

 

Decían que, cuando el Tajuña ruge en la oscuridad y la lluvia golpea las piedras viejas de Brihuega, se oye el llanto de un niño entre el rumor del agua.
No es un sollozo claro, sino un hilo de voz que se enreda con el viento y parece nacer de todas partes a la vez: de los puentes, de los huertos anegados, de las callejas que bajan al río.

 

Los más ancianos aseguran que todo empezó tras aquellas inundaciones que se llevaron casas, cosechas y nombres enteros del padrón, borrados como letras en papel mojado. Cuando el río volvió mansamente a su cauce, el pueblo quedó lleno de silencios nuevos, huecos donde antes hubo risas y pasos, y la pena necesitó un rostro al que aferrarse.

 

Entonces alguien, quizá una madre que no sabía cómo explicarle a su hijo por qué faltaban vecinos, dijo una noche:
«Escucha, es un niño que sigue buscando a los suyos en la ribera.»
Y otro añadió que lo había oído claramente junto al molino, y un tercero juró que lo vio, diminuta sombra empapada, al pie del puente, justo antes de que un relámpago partiese el cielo en dos.

 

Así, palabra a palabra, el pueblo fue tejiendo su historia.
El niño no tuvo nombre, para que cupieran en él todos los nombres perdidos; tampoco tuvo edad, porque el dolor no entiende de años.

Unos decían que se ahogó en la crecida, otros que fue arrancado de los brazos de su madre por el torrente, y hasta hubo quien aseguró que era hijo de una familia entera barrida por el agua en una sola noche.

 

Los cronistas recogían datos y fechas; el pueblo, en cambio, añadía detalles que nunca pudieron comprobarse: una zapatilla enredada en la orilla, una cuna vacía que bajó flotando entre maderas y animales muertos, un farol que nadie había encendido alumbrando la corriente durante horas.

 

La verdad quedó enterrada bajo capas de voces, pero a nadie pareció importarle. Porque en ese niño que llora cuando retumban los truenos, Brihuega encontró una manera de recordar sin nombrar a cada víctima, de convertir la tragedia en relato compartido.

 

La literatura popular hizo lo que siempre hace: tomar la realidad, limarla, exagerarla, convertirla en espejo en el que todos puedan verse un instante.

Todavía hoy, cuando el Tajuña se desborda y las sirenas cortan la noche, hay quien baja el tono de la conversación y escucha. Si entre el agua y el viento distingue un sollozo agudo, no pregunta si es verdad o mentira.

BRIHUEGA Y LA LEYENDA DEL NIÑO PERDIDO EN EL TAJUÑA

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