VALDEATIENZA: EL CAMINO QUE DICTA LO IMPREVISIBLE QUE PUEDE SER EL ENCIERRO DE BRIHUEGA

En los confines del territorio donde Brihuega respira sus últimas voluntades urbanas, existe una ruta que no figura en los mapas del sentido común. El camino de Valdeatienza no es simplemente una cicatriz en la tierra o una prolongación administrativa del pueblo.

 

Es el espacio donde la lógica se disuelve y donde cada dieciséis de agosto, después de que los toros abandonan el casco urbano de Brihuega, comienza una sinfonía de incertidumbre que ningún ganadero, por experimentado que sea, puede orquestar completamente.

 

Cuando los cuatro ejemplares irrumpen desde la plaza hacia las calles empedradas de Brihuega, los vaqueros que los flanquean creen poseer el control. La ilusión es breve. En el momento exacto en que los cascos tocan el polvo de Valdeatienza, donde la civilización suelta su agarre, toda certeza se vuelve negociable.

 

Allí, en ese umbral donde termina el pueblo y comienza la geografía salvaje, los animales no reconocen dueño ni designio. Reconocen únicamente la libertad que les espera en el llano, ese espacio abierto donde permanecerán hasta que el crepúsculo consuma la tarde, dóciles en apariencia pero nunca completamente mansos.

 

Lo que ocurre entre la salida y la oscuridad es lo que convierte al encierro de Brihuega en un evento donde la previsión es apenas un anhelo. Los toros, acompañados por los bueyes que pretenden mantener una falsa autoridad sobre ellos, suben hacia ese llano con una indiferencia que los ganaderos han aprendido a respetar.

 

Pero respeto no equivale a dominio. Cualquier cosa puede suceder. Los cuatro pueden ascender juntos, un frente unido de potencia y cornada. O quizá uno se rezaga, ese animal que decide que el camino no es su destino, que prefiere perderse en los senderos secundarios, en esos parajes donde nadie lo buscará hasta que el desasosiego prime sobre el protocolo.

 

Hay ocasiones en que la negociación no es con el llano sino con el regreso. Un toro que da media vuelta, que rechaza el viaje hacia lo desconocido y opta por regresar al pueblo, es un toro que vuelve a ser presa de los corredores, que termina encerrado en el corral de San Felipe, no porque así estuviese escrito en el calendario ritual, sino porque cambió de parecer. El encierro se complica así, no por fracaso, sino por su propia naturaleza dialogante: los toros deciden, en última instancia, el itinerario de su propio encierro.

 

Cuando el anochecer llega con su paciencia mineral, comienza el acto segundo. Los animales bajan desde el llano hacia la Boquilla, ese paraje cuyo nombre evoca precisamente lo que es: una boca, una entrada, un espacio de transición donde los toros permanecen retenidos en una especie de purgatorio ganadero. Allí, entre las dos y las tres de la madrugada, se intenta lo que se conoce como la Subida: conducirlos por San Miguel hacia el corral de San Felipe, donde finalmente serán encerrados. Ese "se intenta" es la clave de todo. No se asegura. No se garantiza. Se intenta.

 

El encierro de Brihuega tiene la particularidad de que, a diferencia de otros, no termina con certeza cuando comienza. Hay un margen amplio entre lo planeado y lo ejecutado.

 

Allí, donde la tierra se resquebraja bajo los cascos de criaturas que no han sido domadas, sino únicamente acompañadas, cada encierro es un relato distinto, un argumento donde el final depende más de la voluntad taurina que de la intención humana. En eso radica su grandeza, desgarrada y verdadera.

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