GUARDIANAS DE PIEDRA: UN VIAJE POR ALGUNAS ERMITAS DE BRIHUEGA Y SU TIERRA

Más allá de la muralla y el aroma a lavanda, Brihuega y sus pedanías dibujan un mapa sacro de silencio y piedra. Si las grandes iglesias —Santa María, San Felipe— narran el poder histórico de la Villa, las ermitas cuentan la historia de la devoción popular, esa que resiste al tiempo en cruces de caminos y oteros.

 

Este es un recorrido por esos templos menores, algunos vivos, otros heridos, que salpican el Jardín de la Alcarria.

 

En el corazón de Brihuega, la Ermita de la Vera Cruz se alza como el referente activo más notable. Ubicada junto al Castillo de la Piedra Bermeja, en lo que fueron antiguas caballerizas, su estado de conservación es excelente.

 

Sede de la Cofradía homónima, custodia los pasos de Semana Santa y destaca por su arco interior, sobrio y rotundo. Es un ejemplo de patrimonio funcional, vivo y cuidado. Mención especial merece la antigua mezquita-sinagoga de San Simón, que aunque técnicamente no es ermita, actúa como tal en el imaginario local tras su recuperación municipal, salvada de la ruina absoluta.

 

Pero el verdadero catálogo de soledades se despliega en las pedanías, donde cada aldea guarda su centinela.

 

En Balconete, la riqueza es sorprendente. La Ermita de la Virgen de la Soledad, al sur, presenta un pórtico sostenido por columnas que invita al refugio. No está sola: la Ermita del Santísimo Cristo de la Agonía y la de los Ángeles completan un tridente devocional bien preservado, orgullo de sus pocos vecinos.

 

Romancos atesora dos joyas: la Ermita de la Soledad (s. XVI), de traza renacentista popular, y la de la Concepción (s. XVII), que luce con orgullo un escudo episcopal en su portada, testigo de tiempos de mayor influencia eclesiástica. Ambas mantienen una estructura sólida, desafiando el despoblamiento.

 

Siguiendo el Tajuña, en Archilla, la Ermita de San Roque vigila desde la parte alta. De los siglos XVII-XVIII, su sencilla espadaña con “campanillo” es la silueta de la protección contra las pestes antiguas. Tambien de San Roque es la ermita de Pajares actualmente en restauración. Siguiendo la carretera en Castilmimbre nos encontramos con la ermita de la Soledad.

 

En Yela y Tomellosa, la advocación se repite: la Soledad, ermitas sencillas, de planta cuadrada y mampostería, que sirven de faro espiritual en los campos de cultivo.

 

Mención aparte merece Cívica. Allí, entre la roca y la cascada, los restos de la Ermita de Santa Catalina se integran en ese complejo monástico-eremítico que parece esculpido por titanes. De propiedad privada y estado incierto, es quizá la estampa más romántica y decadente del conjunto, pidiendo a gritos una consolidación que frene su vuelta a la tierra.

 

Estas ermitas no son solo edificios; son archivos de la memoria rural. Unas restauradas, otras en lucha contra la hiedra, componen el alma secreta de la Alcarria briocense.

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