
BRIHUEGA EN LA ENCRUCIJADA DE LOS CAMBIOS DE AÑO A LO LARGO DE SU HISTORIA
Brihuega ha presenciado cómo la Historia a veces no ha sido fiel con sus vecinos en los comienzos de año. Siglos atrás, cuando la aldea era poco más que un peñasco defendible sobre el Tajuña, Alfonso VI extendió su autoridad sobre aquella fortaleza.
El 15 de enero de 1086, en un documento que cambiaría el destino de la villa, el monarca la entregaba al arzobispo de Toledo, Bernardo de Sedirac. Una donación que equivalía a decir: aquí habrá iglesias, habrá poder, habrá disputas. Los actos que fundan imperios nunca son inocentes.
Más tarde cuando el cielo invernal de diciembre de 1710 se cerró sobre la Alcarria, Brihuega volvería a ser el escenario donde potencias ajenas decidían los destinos españoles. En el Asalto de Brihuega, las tropas franco-españolas del Duque de Vendôme cercaron y derrotaron a los soldados británicos del Lord Stanhope, quien se rindió junto a la mayoría de sus hombres.
Era la Guerra de Sucesión. Era Felipe V consolidando su trono en territorio donde otros creían tener derechos. Brihuega, una vez más, cumplía su rol: servir de tumba para ambiciones ajenas.
Ya en los albores del invierno de 1937, mientras Europa observaba con indiferencia cómplice, Brihuega se convirtió nuevamente en lo que siempre ha sido para los ejércitos en marcha: un obstáculo, una presa.
Un lugar donde morir en enero es casi lo mismo que morir en marzo, porque la Alcarria no distingue entre frialdades. El 3 de enero de ese año la villa fue recapturada por los republicanos, quienes creían, acaso con ingenua esperanza, que la sostendrían. Llevaban razón en el deseo; erraban en el cálculo.
Enero y febrero de 1937 traerían la verdadera atrocidad moderna. Tras semanas de dominio republicano, la maquinaria italiana de Mussolini se puso en movimiento. El 8 de marzo comenzó la Batalla de Guadalajara, aunque sus verdaderas consecuencias recayeron sobre Brihuega.
Durante la noche del 9 al 10 de marzo, en un audaz ataque nocturno, los italianos tomaron la villa. Doce días de ocupación. Doce días en los que los falangistas que acompañaban a los italianos se ensañaron con quienes habían defendido la República.
Luego, como si la Historia insistiera en repetirse, el 18 de marzo la contraofensiva republicana recuperó el pueblo. Los italianos retrocedieron, dejando atrás un reguero de víctimas, prisioneros y material de guerra destrozado.
Brihuega ha conocido comienzos de año crudos. Donaciones reales que sellan feudalismos, asaltos militares que definen dinastías, guerras que fragmentan familias. Su geografía privilegiada—ese peñasco sobre el Tajuña que domina el valle—la ha condenado a la relevancia.
Y la relevancia histórica, como bien sabe cualquiera que lea con atención los documentos de archivo, no siempre deja huella en el relato que el tiempo decide conservar, ni se refleja en la memoria caprichosa de las generaciones posteriores.