CUANDO BRIHUEGA SOÑÓ EN VOZ ALTA EN EL VIAJE A LA ALCARRIA

Plataforma Brihuega 09/03/2026

 

El Viaje a la Alcarria convirtió una comarca discreta en territorio mítico, y para Brihuega fue algo más: un espejo donde el pueblo aprendió a reconocerse y a soñarse. En las páginas de Cela, la villa dejó de ser un nombre en un mapa para volverse escenario, personaje y memoria viva.

 

En junio de 1946, Cela se echa al camino durante diez días, del 6 al 15, apuntando en cuadernos lo que el paisaje y la gente le iban confiando en voz baja. Con esas notas escribe el libro de un tirón, entre el 25 y el 31 de diciembre de 1947, y lo entrega a Revista de Occidente, que lo publica en 1948 bajo el título Las botas de siete leguas: Viaje a la Alcarria.

 

Desde entonces, el libro es considerado una obra mayor de la literatura de viajes española y una guía aún válida para seguir la ruta alcarreña, porque fija no solo caminos y pueblos, sino el “paisaje y paisanaje” de una España profunda que empezaba a desvanecerse.

 

Entre todos esos lugares, Brihuega se alza como un umbral: desde el pueblo parten amaneceres, colmenares y caminos de polvo que abren el corazón del viajero hacia Cifuentes. Cela describe los enjambres zumbando en un colmenar cercano, el campo oliendo “profundo, penetrante, casi hiriente”, un anciano que dobla la manta con cuidado y la carga sobre el burro mientras el día se despereza a la orilla del pueblo.

 

En la plaza aparece un mendigo de ojos azules “brilladores”, detalle mínimo y fulgurante con el que Brihuega entra para siempre en la literatura. Desde entonces, muchos llegan a la villa con el libro en la mano, buscando en las iglesias, en las murallas o en la luz de la tarde la misma mezcla de pobreza digna, silencio y dulzura que el escritor fijó para siempre en su prosa.

 

Casi cuarenta años más tarde, el mito regresa a sus propios escenarios: en 1985 Cela realiza un segundo periplo, esta vez en caravana ruidosa, con periodistas, fotógrafos y curiosos, del que nacerá Nuevo viaje a la Alcarria, publicado en 1986.

 

Ya no llega a pie, sino en Rolls-Royce, con una choferesa llamada Oteliña, y en Brihuega comparte mesa, cuenta anécdotas de su trato con Don Juan de Borbón y Don Juan Carlos, firma libros y deja la impresión de un viejo juglar que vuelve a repasar, con ironía y ternura, los mismos escenarios que lo consagraron.

 

Si el primer viaje levantó acta de una tierra humilde y olvidada, el segundo certifica que la Alcarria —y, muy en especial, Brihuega— ha pasado a ser lugar de peregrinación literaria, espacio donde el recuerdo del escritor se mezcla con el aroma de la miel y el murmullo de los campos de lavanda.

 

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