CUANDO LA PALOMA ESCOGIÓ BRIHUEGA: RELATO DE UN MILAGRO

Plataforma Brihuega 03/03/2026

 

Entre octubre de 1868 y abril de 1869 el cielo se cerró como una puerta de piedra sobre Brihuega, y los campos agrietados, los almendros sin promesa y los ojos hundidos.

 

Los campesinos alzaron un mismo ruego hacia la Virgen de la Peña, de modo que, cuando el Cabildo decidió vestir las calles de flores y colgaduras para la tarde de San Jorge, el 23 de abril, todo el pueblo salió a bordar de esperanza el aire, acompañando a su Madre de iglesia en iglesia —San Miguel, las Jerónimas, San Felipe, San Juan, Santa María— con rosarios susurrados y letanías que parecían querer desgastar, con su canto, la sequedad del firmamento.

 

El 26 de abril, al salir de San Felipe, un trueno abrió de golpe la bóveda del silencio y una lluvia torrencial se derramó sobre la procesión, apagando el polvo y las conjeturas, mientras los brihuegos, empapados y de rodillas, cercaban las andas entonando la Salve.

 

Y al día siguiente, cuando el párroco de Santa María quiso guardar a la Virgen por miedo al agua, fue el pueblo entero quien respondió, como un solo pecho, que no importaba, que si el manto se estropeaba Brihuega le compraría otro, sellando así, en una frase de aldeanos pobres y orgullosos, un pacto antiguo entre la necesidad y la confianza.

 

Y aún quedaba el signo más delicado.

El 28 de abril, en el arco de la guía, una joven aguardaba con una cesta de palomas. Cuando la imagen se detuvo ante el altar improvisado, las aves rompieron en un torbellino blanco alrededor de la Virgen, hasta que una de ellas eligió su hombro derecho y allí se quedó, ajena a la pólvora, a los vivas y a las salvas.

 

Saltando de hombro en hombro como si quisiera bendecir la multitud, entró después en el camarín e hizo de aquel pequeño recinto su casa, su vida y su muerte, y finalmente su figura disecada quedó junto a la de Nuestra Señora.

 

Mientras tanto, el historiador briocense y cronista provincial Antonio Pareja Serrada fijaba en su libro Brihuega y su partido el recuerdo de aquel “milagro de la Paloma” entre los sucesos más hondos de la villa —junto al cólera, la inundación o el incendio de San Felipe—, asegurando que ese leve cuerpo de pluma era, para siempre, la firma visible de un amor invisible sobre la historia de su pueblo.

 

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