MUJERES DE BRIHUEGA: HILO MORADO ENTRE MURALLAS Y CAMPOS DE LAVANDA

Plataforma Brihuega 07/03/2026

 

Amanece un 8 de marzo y el mundo entero parece atarse el cabello con la misma cinta violeta. No es un amanecer cualquiera: es un hilo que viene de lejos, de talleres humeantes y calles de adoquines donde, hace más de un siglo, las mujeres comenzaron a alzar la voz contra la jornada interminable, el salario injusto y el voto que se les negaba.​

 

A finales del siglo XIX y principios del XX, obreras y sufragistas llenaron plazas y fábricas reclamando derechos, en un tiempo en que la vida de las mujeres estaba cercada por la pobreza, la falta de educación y la ausencia casi absoluta de participación política. En Europa, en Estados Unidos, en Rusia, ese clamor fue tomando forma de marcha, de huelga, de consigna escrita a mano en cartones humildes.

 

En 1917, en Petrogrado, fueron las trabajadoras textiles quienes prendieron la chispa de la protesta con un grito sencillo y devastador: “Pan y paz”. Esa revuelta femenina, entre nieve y humo de fábrica, quedó ligada para siempre al 8 de marzo, fecha que las Naciones Unidas comenzarían a conmemorar oficialmente en 1975 y que la Asamblea General reconocería pocos años después como Día Internacional de la Mujer.

 

Desde entonces, cada 8 de marzo es un recordatorio global de la lucha por la igualdad, por el trabajo digno, por una vida libre de violencia.

 

También aquí, en Brihuega, resuena ese hilo morado. Lo sostienen las manos que han lavado en el Tajuña, que han segado campos y tejido familia en inviernos largos; las que abrieron aulas, comercios y talleres cuando la España vacía empezaba a borrar pueblos del mapa; las que hoy dirigen asociaciones, impulsan negocios, investigan, cuidan, crean, sin estridencias pero con la firmeza de la piedra caliza que sostiene las murallas.

 

Las mujeres de Brihuega han sabido guardar la memoria de las que se fueron y, a la vez, abrir ventanas a las que llegan, convirtiendo las calles en un lugar donde lo cotidiano es también resistencia: la panadera que madruga, la enfermera que vela, la estudiante que se marcha y vuelve con la cabeza llena de libros, la agricultora que mira al cielo y no se rinde.

 

Por eso este día no es solo una celebración, sino una cuenta pendiente. No es un ramo de flores, sino un cuaderno de exigencias: igualdad real en el salario, en la palabra, en el tiempo propio; respeto sin condiciones, presencia en la historia y en la plaza. El 8 de marzo nos recuerda que, mientras exista una sola mujer silenciada, el mundo estará mal contado. Y que, desde Brihuega al último rincón del planeta, la historia no puede escribirse ya sin la tinta morada de sus mujeres.

 

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