Plataforma Brihuega 16/05/2026

 

Mucho antes de que la plaza de toros La Muralla fijara un destino definitivo para la carrera de los toros, el encierro de Brihuega, uno de los más antiguos, era un río vivo que atravesaba el corazón de la villa con el temblor antiguo de las celebraciones populares.

 

No había piedra ordenada ni graderíos permanentes; el pueblo entero hacía de plaza, de barrera y de escenario. Así lo recuerdan los testimonios conservados de los cronistas provinciales de Guadalajara y por los brihuegos más mayores, que describen un festejo áspero, emocionante y profundamente unido al pulso cotidiano de la localidad.

 

En la mañana del 15 de agosto se trasladaban los toros de ganaderías cercanas y no tan cercanas a Valdelamadera, donde la gente del pueblo y las autoridades se acercaban a ver los animales del encierro pasar, para al día siguiente el 16 los toros entrar al pueblo descendiendo por calles estrechas, entre fachadas de cal envejecida y soportales con la intención de encerrarlos en la improvisada plaza de toros del Coso, donde las familias aguardaban con una mezcla de miedo y orgullo.

 

Los carros, las maderas y los tablones improvisaban defensas que parecían insuficientes frente al ímpetu de los animales. Los vecinos aseguraban balcones y ventanas con cuerdas y travesaños, mientras los muchachos buscaban esquinas desde las que desafiar la proximidad de las astas. Todo tenía algo de rito ancestral y de ceremonia campesina.

 

Los cronistas hablan de un tiempo en que Brihuega olía a tomillo, a tierra removida y ganado recién conducido desde el campo. Los toros llegaban acompañados por caballistas y pastores, envueltos en una nube de polvo que anunciaba la fiesta antes incluso de escuchar el clamor de las campanas. Entonces el pueblo se transformaba. El silencio de las callejas medievales cedía paso al estrépito de cascos, voces y carreras.

 

A diferencia del trazado actual, el viejo encierro carecía de la contención moderna, era tan incierto como el de ahora y, precisamente por ello, más legendario. Cada esquina guardaba una historia y cada portal conocía el eco de una embestida. La villa entera latía alrededor del toro, en una comunión popular que convertía la fiesta en un elemento inseparable de la identidad briocense.

 

Con la construcción de La Muralla llegó una nueva etapa, más organizada y segura, pero en la memoria de Brihuega aún pervive aquel encierro antiguo que corría libre entre piedras centenarias y tardes de verano, cuando el pueblo entero parecía jugarse el alma detrás de los toros y los más intrépidos delante.

BRIHUEGA Y EL ENCIERRO DE LA MEMORIA

Information icon

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.