
Plataforma Brihuega 07/07/2026
En 1914, Brihuega estuvo a un paso de tener ferrocarril. La Diputación de Guadalajara encargó al ingeniero Salvador García de Pruneda un anteproyecto para una línea secundaria que uniría Guadalajara, Brihuega y Cifuentes. El 18 de julio de ese año, García de Pruneda rubricó la memoria técnica que imaginaba una estación cerca de la villa, con apeaderos en Cívica y otros puntos, y un trazado que salvaría barrancos y lomas para conectar la Alcarria con el resto de España.
El ambiente en Brihuega era de expectación. La prensa local, como El Briocense, y revistas como La Alcarria Ilustrada, se hacían eco de la idea con titulares ilusionados: “¡Si hubiera ferrocarril!”. Industrias laneras, comerciantes y ganaderos veían en el tren la llave para modernizar sus negocios, abaratar transportes y abrir nuevos mercados. Soñaban con vagones cargados de lana, ganado y viajeros que pondrían a la villa en el mapa nacional.
Pero el proyecto no pasó del papel. A pesar de la nueva ley de ferrocarriles secundarios de 1912, que facilitaba concesiones, y del respaldo inicial de la administración, la línea nunca se construyó. El trazado, complicado por la orografía, y los costes elevados enfriaron el entusiasmo. Con el tiempo, el ferrocarril de Brihuega se convirtió en una anécdota histórica, un “sueño de lo que nunca fue”, como lo definirían décadas después cronistas locales.
Hoy, más de un siglo después, aquel proyecto resuena como símbolo de una oportunidad perdida. Mientras otros pueblos de la Alcarria quedaron conectados por carretera o por líneas que sí llegaron, Brihuega mantuvo su aislamiento relativo, aunque luego supo reinventarse con el turismo de la lavanda.
Y así son las cosas: ahora, por las tierras de Brihuega, pasa rauda la línea del AVE Madrid–Barcelona–Zaragoza, con sus trenes a 300 km/h? cruzando la Alcarria. Pero la alta velocidad no tiene parada en la villa; la estación más cercana sigue estando en Yebes–Valdeluz, a varios kilómetros.
Los viajeros de hoy pueden ver desde la ventanilla los campos púrpuras de lavanda, pero para apearse deben hacer transbordo a autobús. La ironía es palpable: un tren moderno y veloz surca el mismo territorio que en 1914 soñó con tener una estación propia, pero Brihuega sigue esperando, otra vez, su parada.