
Plataforma Brihuega 29/07/2026
En Brihuega, donde la roca se asoma al valle del Tajuña como la proa de un barco antiguo, el Castillo de la Piedra Bermeja conserva una historia que no figura en los documentos, pero sí en la memoria.
Sus muros nacieron sobre una fortificación andalusí y fueron cambiando con los siglos, primero como defensa, después como residencia de los arzobispos de Toledo y, finalmente, como recinto herido por guerras y epidemias. Sin embargo, ninguna fecha explica del todo el color de una piedra que, según la tradición, guarda la sangre de una joven.
La leyenda habla de Alonso de Medina, hidalgo de escasa fortuna, y de su hija Elima —también llamada Elisa en otras versiones—, cuya belleza era conocida en toda la villa. No era una princesa por linaje, aunque el relato popular la elevó a esa condición: princesa de las aguas del Tajuña, de los caminos de la Alcarria y de una juventud que parecía a salvo bajo las torres del castillo.
Abdul, guardián de la fortaleza, se enamoró de ella con un deseo oscuro, más cercano a la posesión que al amor. Una mañana sorprendió a la muchacha mientras se bañaba en un remanso del río. Elima se defendió. Él, incapaz de aceptar su resistencia, le hundió un puñal en el costado. La joven cayó sobre una piedra, que quedó teñida de un rojo profundo. Algunas versiones cuentan que Abdul, al comprender su crimen, se arrojó después al Tajuña.
Los vecinos recogieron aquella roca y la llevaron al castillo. No querían esconder la tragedia, sino dejarla a la vista, como una acusación. Desde entonces, la piedra bermeja no sería únicamente una rareza del terreno: sería memoria. La tradición añade que cada 15 de agosto, día de la patrona de Brihuega, su color se vuelve más intenso, como si el tiempo no hubiera conseguido secar del todo aquella herida.
La historia ha sobrevivido porque encaja en el paisaje: el agua abajo, la fortaleza arriba y, entre ambas, una piedra convertida en testigo. Abdul no es el enamorado de los romances, sino el hombre que confunde deseo con derecho; Elima es la joven que se resiste. Vista así, la leyenda conserva una gravedad muy actual.
Quizá por eso el rojo permanece: no como adorno fantástico, sino como señal de una violencia que el pueblo quiso nombrar.
Hoy el castillo sigue dominando el borde de la villa. En su interior, donde también se abrió un cementerio durante el siglo XIX, la leyenda adquiere una resonancia particular. Allí conviven los restos de la fortaleza, la capilla, las tumbas y el rumor de una muchacha convertida por el pueblo en princesa.
No hace falta creer que la piedra cambie de color para comprender la verdad del relato. Las leyendas no siempre cuentan lo que ocurrió; a veces cuentan lo que una comunidad decidió no olvidar.
La Piedra Bermeja recuerda que los lugares sobreviven por sus muros, pero también por las voces que los habitan. Y en Brihuega, cuando la tarde cae sobre el Tajuña, todavía parece posible distinguir, entre la roca roja y las torres, la sombra de Elima regresando a casa. Y aún perdura.