Plataforma Brihuega 01/10/2026

 

Brihuega pertenece a esa clase de lugares donde la Historia no se limita a pasar. Se detiene, deja señales en las piedras y continúa su camino. Quizá sea por su posición sobre el valle del Tajuña o por esa mezcla de fortaleza y refugio que ofrece su paisaje. Sus piedras conservan las huellas de quienes llegaron y se marcharon.

 

Cuando Brihuega era todavía una pequeña población, Alfonso VI extendió su autoridad sobre estas tierras. El 15 de enero de 1086 entregó la villa al arzobispo de Toledo, Bernardo de Sedirac. 

 

Aquel documento abrió un capítulo decisivo. Bajo el señorío de los arzobispos crecerían iglesias, murallas y conventos que terminarían dibujando su personalidad. El tiempo convirtió aquellas decisiones medievales en piedra, y la piedra, siglos después, en patrimonio.

 

En diciembre de 1710, durante la Guerra de Sucesión, las tropas franco-españolas del duque de Vendôme cercaron en Brihuega a los soldados británicos de Lord Stanhope, que terminó rindiéndose. Durante unas horas, la villa quedó unida a las grandes potencias. Pero los ejércitos se marcharon. Los vecinos permanecieron.

 

En el siglo XX, Brihuega conocería de nuevo esa experiencia. Durante la Guerra Civil, la comarca fue escenario de la Batalla de Guadalajara. En marzo de 1937 las tropas italianas ocuparon la población antes de que la contraofensiva republicana la recuperara el día 18. Cerros y olivares se convirtieron en posiciones militares. Hubo destrucción y miedo, pero tampoco aquella vez terminó ahí la historia.

 

Después llegaron la reconstrucción, las casas habitadas de nuevo y las generaciones que aprendieron a mirar esos lugares como espacios de memoria. Quizá por eso recorrer hoy Brihuega produce una sensación especial. Una puerta conduce a la Edad Media; una muralla recuerda antiguos señoríos; un campo conserva el eco de una batalla.

 

Y junto a todo ello permanece la vida cotidiana: los jardines, las fuentes, las calles hacia el valle, el rumor del Tajuña y ese horizonte alcarreño que cambia con cada estación. Porque la historia de un pueblo no se escribe solo con guerras y reyes, sino también con quienes cultivaron la tierra, repararon las casas, abrieron comercios, celebraron fiestas y transmitieron historias alrededor de una mesa.

 

La Historia quiso pasar muchas veces por Brihuega. Y Brihuega hizo algo más difícil: permanecer. Conservar sin convertirse en museo. Recordar sin vivir solo de los recuerdos. Después de tantos siglos, sigue sobre el Tajuña, mirando hacia delante.


 

BRIHUEGA, DONDE LA HISTORIA APRENDE A QUEDARSE

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